domingo, 19 de octubre de 2014







             Tras ocho meses de ausencia  me reencuentro con este blog que he tenido en cuarentena y no precisamente por riesgo de contagio de ningún virus….Sin hacerlo visible lo he alimentado con mi recuerdo y sobre todo con el de tod@s los que habéis seguido acudiendo a visitarlo. Gracias por vuestra compañía  a pesar de mi indeseado abandono. 
          Creo que  os debo una explicación. Han sido seis meses dedicada a gestiones para conseguir  una certificación de defunción apostillada de un  familiar  fallecido en Venezuela. Una verdadera aventura desde la distancia con una administración harto complicada, algunos personajes con los que he tenido que contactar nada colaboradores e incluso chantajistas. Por suerte, también en estos países corruptos hay personas legales y  dignas que te facilitan y ayudan a realizar todo un papeleo  y entramado burocrático al que es difícil acostumbrarse. Bien podría  convertirse esta aventura en un thriller.
          Hoy es día de reencuentro.  Después de tanto tiempo  y con tantos acontecimientos que han pasado, dignos de mi atención y no atendidos, he preferido recordar aquel 2 de junio del 2011 cuando realicé mi primera entrada “mi sueño con pitufos” (ver aquí). Del sueño se pasó a la realidad y efectivamente los pitufos invadieron este país, pintándolo todo con su azul. Pasados casi tres años, los pitufos están a punto de cambiar de color. Han tenido que trabajarlo mucho, eso sí, con sus reformas neoliberales. Se lo han ganado a pulso y por eso se merecen que aparezca en su vida otro color, que el azul ya no les está favoreciendo. Tanta  opacidad y tan poco brillo ya no les sienta bien.  En esta ocasión no es un sueño. Ya es realidad.  Nuevos colores  surgen en el horizonte….
          Cuando vivimos reencuentros, a menudo, nos rodeamos de recuerdos y nostalgias. Sin embargo, los actuales transcurren envueltos  en evidentes realidades  y oyes  aquello de que cualquier tiempo pasado ha sido mejor, que si ahora no hay justicia, dignidad ni ética, que si estamos rodeados de mangantes, estafadores y sinvergüenzas, que si es imposible creer lo que te prometen  porque todos mienten, que si este robó y el otro no se quedó atrás, que si este  hizo  esto es por la herencia que  le dejó el otro. Y ves como alguien hace el epílogo del encuentro con la frase de la impotencia: “si esto no cambia yo también emigro”.
Reconozco que a veces cuesta  ponerse delante del ordenador y no dejarse llevar por la rabia que  los virus estafadores de este país te  provocan.  Teclear determinadas palabras que te vienen a la mente para expresar la repugnancia y el asco que te producen la clase corrupta y los personajes siniestros, es fácil. Lo difícil es controlarlas. Pero lo voy a hacer.  Simplemente esperaré a mayo y  transmitiré mi rabia  a través de una urna. Estoy preparada. No necesito campañas electorales. Ahórrense sus  mítines, que ya me los sé.


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