En estos días las
noticias nos han inundado no solo del agua y fango que ha dejado la DANA, sino
también de otra clase de tormenta: una DANA de reproches, insultos y
enfrentamientos entre la clase política y algunos de sus seguidores exaltados.
De repente, en este contexto, se hace viral el abrazo entre dos senadores de
los principales partidos políticos (PP y PSOE) de la comunidad valenciana, mostrando
su unión ante la adversidad y su solidaridad para trabajar juntos por sus
ciudadanos.
Este gesto que debería
considerarse normal, ha pasado a la categoría de “anormal”, En este tiempo
donde el insulto y la confrontación se han convertido en prácticas cotidianas y
estas “anormalidades” se asumen como normales, ver a dos políticos humanizarse
se convierte en noticia destacable y titular de lo que ahora consideramos “la nueva
normalidad”.
Hemos dejado de
sorprendernos cuando lo cotidiano se manifiesta en desprestigio y
desvalorización hacia los demás y lo habitual se ha convertido en costumbre aceptando
como lógico lo que en realidad es profundamente ilógico. En este contexto, términos
como solidaridad se han usado reiteradamente, aunque sin un verdadero
reconocimiento de la responsabilidad individual.
Estamos viviendo en medio
de una relación tóxica entre administraciones y políticos, que nos invitan diariamente
a normalizar “lo anormal “de convivencia tensa y confrontativa.
Sin embargo, en medio de
la adversidad, un gesto de humanidad tiene el poder de romper esta dinámica.
Por eso, un simple abrazo y un acto de solidaridad pueden hacerse virales.
Es evidente que la
humanidad tiene un poder mayor que cualquier confrontación y un abrazo puede
ser el inicio de una nueva normalidad, pero no podemos ignorar que las
reticencias al cambio están profundamente arraigadas en las dinámicas del poder
donde la confrontación a menudo se premia más que la cooperación. Por eso
mantener la solidaridad en el ejercicio del poder exige voluntad y compromiso.
No basta con gestos simbólicos si no se convierten en un modelo de conducta
sostenible.
Si aspiramos a convivir
en una sociedad más saludable, con relaciones libres de reproches, no
deberíamos regresar a la vieja normalidad. En su lugar, deberíamos trabajar colectivamente
para construir una “nueva normalidad” basada en la empatía, el respeto y
colaboración incluso en medio de intereses contrapuestos.