sábado, 7 de noviembre de 2026

NO TE RÍAS DE MÍ, RÍE CONMIGO



    

La entrada que Inmaculada Asensio . ha publicado en su blog bajo el título «No te rías de mí: situaciones en las que los cuidados infantilizan a las personas mayores» me ha suscitado un nuevo motivo de reflexión sobre la vejez y, especialmente, sobre cómo nos relacionamos con las personas mayores a las que atendemos.

Vivir la vejez constituye, en muchos casos, un reto de superación personal. Hacerlo en situación de dependencia supone, además, un profundo impacto emocional. Cuando la vida ha de transcurrir en un entorno residencial, las capacidades, las decisiones y las voluntades personales pueden verse progresivamente condicionadas y reducidas.

La relación que los profesionales establecemos con las personas mayores en una etapa tan limitante de la vida como puede ser la dependencia física, asociada en ocasiones al deterioro cognitivo, exige una gran dosis de responsabilidad, sensibilidad y compromiso con el cuidado. Por eso, si nos acercamos a estas realidades sin individualizar la atención, sin empatía y sin reconocer la dignidad de cada persona, podemos acabar generando actitudes falsamente protectoras y excesivamente paternalistas. Y actitudes que, disfrazadas de afecto o buenas intenciones, pueden llegar a esconder comportamientos discriminatorios, edadistas e incluso infantiles.

La ética profesional nos obliga a tomar conciencia de nuestros   comportamientos hacia todas las personas que atendemos, y especialmente hacia nuestros mayores. El respeto a su historia de vida, a su experiencia, a sus decisiones y a su dignidad no es una opción: es una exigencia imprescindible.

La ética nos compromete también a ejercer la empatía y a respetar los principios más básicos de protección de las personas. Cuando una persona mayor nos dice «no te rías de mí», debemos ser capaces de escuchar mucho más que un reproche. Hemos de reconocer en esas palabras una demanda de respeto, una llamada a la no maleficencia: no me hagas daño.

Y es precisamente ahí donde nuestra responsabilidad profesional y nuestra deontología deben impulsarnos a dar un paso más: aplicar el principio de beneficencia y transformar aquel «no te rías de mí» en un «ríe conmigo». Para conseguirlo, es imprescindible sacar de nuestra mochila profesional el kit del respeto, la compasión y la generosidad. De lo contrario, corremos el riesgo de que nuestras intervenciones, aun estando revestidas de cuidados, terminen convirtiéndose en una forma de maltrato cotidiano, paternalismo y mala praxis.

Reconocer la dignidad de las personas permite reducir el peso que la dependencia impone sobre sus vidas.  Reír puede ser tan beneficioso como dañino. Po eso cuando alguien nos diga «no te rías de mí», tendremos que detenernos y revisar nuestras expresiones, nuestros gestos y esos falsos rictus de afecto que pueden terminar transmitiendo lástima, pena o desánimo.

 


 




martes, 16 de junio de 2026

PIENSO LUEGO INSISTO


 

Cuando inicié este blog, allá por el 2010 con este título, me permití la licencia de cambiar la famosa frase de René Descartes, “Pienso luego existo” para incidiendo en la idea del pensamiento insistente, acuñar la mía particular: “Pienso luego insisto”.

Recuerdo que no es mi intención filosofar sobre la célebre sentencia cartesana, Mas bien me inclino por dirigir una mirada a la realidad cotidiana, por pensar e insistir sobre lo que oigo y veo, aunque en muchas ocasiones haya estado tentada en desistir. Pero como la desidia no es precisamente lo que me caracteriza, pasados estos años, persisto en mi insistencia.

Y vuelvo a reflexionar sobre ello, al leer recientemente otra frase alusiva que decía: “Hay gente que no piensa, pero existe”. Sin entrar a hacer disquisiciones al respecto, ni tampoco trivializar, inmediatamente he visualizado a esas personas con las que a menudo nos cruzamos ó cuya presencia compartimos ocasionalmente y que sin decir nada, se convierten en advenedizos de una presencia y existencia que sin aportar prácticamente nada, pretenden dejar constancia de sí mismos. Se apropian de espacios que no tienen intención alguna de abandonar. Son los calienta sillas, los bien mandados y por ende bien callados pagando favores eternos.

Estos personajes no necesitan pensar porque siempre hay quien lo haga por ellos, pero si necesitan existir porque sin ellos, quienes los mantienen dejarían de hacerlo y pasarían a convertirse en los bien mandados de otros.

El pensamiento como bien decía Descartes justifica la existencia. Las personas que existen sin pensar nunca tendrán dilemas, ni ejercerán discernimiento alguno. Serán simple ejecutores de consignas y ecos de algoritmos programados.

Aquí me quedo observando a "los inexistentes pensantes"  porque tarde o temprano les pedirán dar señales de vida. Y seguro que lo harán, no por iniciativa propia sino porque así funcionan las obediencias debidas y la disciplina de los bien mandados.

 

martes, 24 de febrero de 2026

EN LA PELUQUERIA

 

Siempre se ha dicho —y mis diferentes peluquer@s me lo han corroborado— que las peluquerías son un lugar por donde pasan diferentes tipos de cabezas, no solo y exclusivamente asociadas a nuestros pelos, sino también a distintas personalidades que dan rienda suelta a diversas y variadas experiencias de vida, y a alguna que otra manía, sus  TOCs declarados  y sus pequeñas o grandes  excentricidades cotidianas.

No es extraño, por tanto, que l@s peluquer@s ejerzan a ratos de estilistas, a ratos de confesores, y en ocasiones de psicólog@s exprés, haciendo uso de tijeras, peines y secadores frente a extraordinarias demandas.

Esta tarde, en la peluquería que frecuento he presenciado con una clienta una escena especialmente particular.

—Mary, pasamos al lavabo —le dice la peluquera.

Mary se levanta, apoyada en una muleta, y responde con absoluta tranquilidad:

—Sí, sí, que hace dos meses que no me lavo la cabeza.

En ese momento, la peluquería queda en silencio; hasta los secadores parecen dejar de sonar.

—Pues ya me lo podías haber dicho antes, para ponerme el EPI —le contesta, en tono jocoso, la peluquera que la atiende habitualmente.

Mary, imperturbable, añade:

—Ya me decía mi hija que me la tenía que lavar, pero no me podía agachar y en casa no tengo los útiles que tenéis aquí para hacerlo —responde, justificando la falta de atención a su pelo.

Finalizada la parte del lavado, llega al corte de pelo. Para ello, le pide a su peluquera que le proporcione la última revista del corazón donde sale la Preysler, para que se lo corte igual que lo tiene ella. No aparece. No importa. Sigue buscando. Inicia el recorrido visual fijándose en otras famosas que lo llevan a su gusto y va señalando cada una de ellas.

-Este… no. Este sí… pero más corto. Bueno, mejor como este otro… pero con flequillo.

La peluquera comienza a cortar despacio, poco a poco, con precaución, intuyendo lo que su clienta no quiere y dudando de lo que quiere.  De repente, Mary ve otra fotografía y dice:

—Ahora, mejor córtame el flequillo como este.

Cambio de planes. La peluquera deja el capeado que estaba haciendo y se centra en ese flequillo que obsesiona a la clienta.

—Bueno, a ver qué me hacéis y que no sea una desgracia —dictamina Mary, en su alegato final

La peluquera remata su trabajo diciéndole:

—Tranquila que este corte está garantizado. Después de dos meses de resistencia, tu pelo ya ha demostrado gran personalidad.  Lo vamos a diseñar a largo plazo.

Desde mi espejo, llevo todo el tiempo observando la escena, sin poder contener mi sorpresa y admiración ante la paciencia de las peluqueras y el uso de sus particulares terapias.

Una de ellas se acerca y me susurra:

—Esto es habitual con Mary. Ya la conocemos desde hace mucho tiempo y hoy tiene el día bueno….

Mi sonrisa se convierte en una amplia risa compartida.

Pago mi sesión, y antes de irme les deseo suerte para la traca final de peinado con secador, alisador y lo que haga falta.

Impagables estas sesiones de peluquería…

 

viernes, 30 de enero de 2026

SILENCIOS INNECESARIOS

Al hablar de los silencios, podemos hacer muchas lecturas: del silencio interior que nos relaja, el exterior que nos aleja del ruido, el prudente que evita conflictos, ….

Son muchos los tipos de silencio: el prudente, el mentiroso, el cómplice, el justo, el injusto, el necesario y el innecesario. Es en el silencio innecesario en el que me quiero detener; concretamente, en el silencio dentro de los entornos laborales.

Dando por bueno y necesario el silencio prudente y justo, hemos de cuestionarnos el innecesario e injusto que, con frecuencia, manifiestan los empleados ante las indicaciones de sus jefes. Es el silencio sometido, aquel que se manifiesta en contra de los principios de la verdad y la dignidad, y que tiene poco que ver con el asertividad y la resiliencia.

Las causas son múltiples y complejas: miedo a las represalias al expresar opiniones críticas, lealtades mal entendidas o el deseo de no explicitar problemas para no «perjudicar o crear más complicaciones».  Cuando un trabajador se siente reprimido, cuestionado e infravalorado, el silencio no es gratuito. Se traduce en altos niveles de ansiedad, estrés y frustración, que derivan en desinterés e ineficacia en el trabajo.

No es lo mismo sugerir que exigir, coordinar que supervisar, ni disponer que imponer. La verdadera herramienta frente a la imposición es la escucha activa. Desde ella se puede generar la crítica constructiva que rompa silencios innecesarios ante indicaciones indignas e injustas.

Toda esta realidad invita a reflexionar sobre quien calla ante la imposición: no es lo mismo silenciarse que reivindicarse. El silencio cómplice impide crear diálogos con libertad, sin miedo al juicio. La desobediencia justificada ante una orden injusta, ejercida con responsabilidad, es un derecho legítimo para proteger la ética y la profesionalidad.

El buen hacer profesional no se sostiene sobre silencios innecesarios sino sobre la necesidad de nombrar lo que es injusto.

 

 

jueves, 8 de enero de 2026

CASTING PARA PROPIETARIOS DE VIVIENDAS DE ALQUILER


Recientemente escuché en una entrevista como un inquilino obligado a compartir piso relataba haber pasado por “el primer casting en su vida” para poder acceder a que un propietario le alquilara su vivienda.

El proceso de selección impuesto por los propietarios de las viviendas es una carrera de obstáculos cada vez mayor, diseñada para excluir. Quienes aspiran a alquilar se enfrentar a listas interminables de requisitos:  desde el pago de fianzas desproporcionadas y abusivas, sometimiento a indiscretas y innecesarias preguntas personales sobre gustos, rutinas y relaciones afectivas, hasta pedir cartas de motivación, acompañadas de fotografía, para convencer de la necesidad de acceder a un alquiler.

Exigencias como saber el origen y la nacionalidad las personas, salarios estables y fijos que superen ingresos mensuales inalcanzables, o limitar el número de miembros de la unidad familiar, visualizan sesgos ilegales e inadmisibles.

Así que, ya que hay casting, propongo desde estas líneas invertirlo.

Requisitos para propietarios que quieran poner sus viviendas en alquiler:

·       Antecedentes de prácticas especulativas

·       Historial de corrupción y blanqueo de dinero.

·       Informes que acrediten ausencia de actitudes homofóbicas, racistas ó  aporofóbicas.

·       Presunción de legalidad e integridad.

·       Solvencia ética y responsabilidad social.

 

Todo ello respaldado con contratos respaldados por avales no especulativos.


 

martes, 19 de noviembre de 2024

CUANDO LO NORMAL SE COVIERTE EN ANORMAL


 

En estos días las noticias nos han inundado no solo del agua y fango que ha dejado la DANA, sino también de otra clase de tormenta: una DANA de reproches, insultos y enfrentamientos entre la clase política y algunos de sus seguidores exaltados. De repente, en este contexto, se hace viral el abrazo entre dos senadores de los principales partidos políticos (PP y PSOE) de la comunidad valenciana, mostrando su unión ante la adversidad y su solidaridad para trabajar juntos por sus ciudadanos.

Este gesto que debería considerarse normal, ha pasado a la categoría de “anormal”, En este tiempo donde el insulto y la confrontación se han convertido en prácticas cotidianas y estas “anormalidades” se asumen como normales, ver a dos políticos humanizarse se convierte en noticia destacable y titular de lo que ahora consideramos “la nueva normalidad”.

Hemos dejado de sorprendernos cuando lo cotidiano se manifiesta en desprestigio y desvalorización hacia los demás y lo habitual se ha convertido en costumbre aceptando como lógico lo que en realidad es profundamente ilógico. En este contexto, términos como solidaridad se han usado reiteradamente, aunque sin un verdadero reconocimiento de la responsabilidad individual.

Estamos viviendo en medio de una relación tóxica entre administraciones y políticos, que nos invitan diariamente a normalizar “lo anormal “de convivencia tensa y confrontativa.

Sin embargo, en medio de la adversidad, un gesto de humanidad tiene el poder de romper esta dinámica. Por eso, un simple abrazo y un acto de solidaridad pueden hacerse virales.

Es evidente que la humanidad tiene un poder mayor que cualquier confrontación y un abrazo puede ser el inicio de una nueva normalidad, pero no podemos ignorar que las reticencias al cambio están profundamente arraigadas en las dinámicas del poder donde la confrontación a menudo se premia más que la cooperación. Por eso mantener la solidaridad en el ejercicio del poder exige voluntad y compromiso. No basta con gestos simbólicos si no se convierten en un modelo de conducta sostenible.

Si aspiramos a convivir en una sociedad más saludable, con relaciones libres de reproches, no deberíamos regresar a la vieja normalidad. En su lugar, deberíamos trabajar colectivamente para construir una “nueva normalidad” basada en la empatía, el respeto y colaboración incluso en medio de intereses contrapuestos.

miércoles, 31 de mayo de 2023

DIME LO QUE ENTIENDES Y TE DIRÉ QUIEN ERES


 

    Recientemente leía el artículo firmado por Irene Vallejo, “El demonio del mediodía”, cuyo contenido y alguno de sus párrafos me ha dado motivo para el título de este post. Dice Irene que hoy en día lo habitual es la atención menguante y saltarina….

Yo añado que lo habitual también es desenvolvernos en la atención estandarizada, y programada, de tal forma que se hacen valoraciones subjetivas justificando una irreal e inexistente objetividad. Así se valoran muchos hechos, escritos, pruebas, exámenes y a personas, sin tener en cuenta que todo acontecimiento necesita de adecuado feedback, haciendo uso de una retroalimentación global que evite ambigüedades y encorsetamientos.

  La mirada y la falta de entendimiento se hacen bucle cuando algunas personas tienen enfrente a otra a la que le ha descubierto sus ojos de Guadiana interpretando que esto es bueno ahora y luego lo mismo no lo es.  La forma de este bucle se describe por si sola: incomprensión, encorsetamiento, subjetividad, falta de empatía, rigidez, inseguridad, sin interrupciones….

Toda esta reflexión me surge al ver como cada vez más la rigidez en los comportamientos y las valoraciones que se hacen están nutridos en el pensamiento único alimentado de ítems enlatados sin opción a otras respuestas que no sean las que están previamente programadas, queriendo emular una inteligencia artificial que deshumaniza y está perdiendo todo atisbo de ética en nuestras relaciones.

Con este tipo de relaciones y actitudes, “nos define un volátil entramado de cegueras y clarividencias”. Y lo más preocupante es llegar a compartir la conclusión de “dime que entiendes y atiendes y te diré quién eres”, al analizar el bucle de la incomprensión. 

jueves, 4 de mayo de 2023

ALTERNATIVA A LA CELEBRACIÓN DEL DIA DE LA MADRE


         Nos llevan varias semanas recordando desde todos los medios de comunicación la celebración del día de la madre, una fiesta instaurada en nuestro calendario que marca la estela de los hábitos consumistas.  Lo que era un día de reconocimiento a las madres, se ha convertido en otra fiesta del consumo.

          Los centros comerciales le sacan partido, con sus ofertas de regalos especiales y hasta las loterías nacionales sacan su premio extraordinario del día, este año con el eslogan “si me toca le arreglo la casa del pueblo a mis padres”. No hay límites para el  consumo. Todo es posible en este día.

Esta programación teledirigida al gasto compulsivo justificando la importancia de las madres también se puede realizar revirtiendo los regalos, siendo los hijos los que recibiéramos   todos los que nuestras madres nos han ido dejando desde el legado de los primeros pasos de nuestra vida, regalos envueltos en sabiduría, fortaleza, paciencia, presencia y amor incondicional. Sin olvidar su protección en todo el proceso de nuestro crecimiento y su generosidad enseñándonos a ser libres.

          Cuando nuestras madres ya no están con nosotr@s, recibir regalos revertidos es aún más especial. Recordar su permanente sonrisa, la serenidad y paciencia que dejó en el sillón en el que ahora tú te sientas, el camino que recorriste junto a ella de forma pausada y segura, esa conversación llena de consejos, las canciones coreadas con su voz acompasada, esos escritos y apuntes de su historia de vida y cada cumpleaños celebrando un año más de estar a su lado …. Todo un lujo en el envoltorio del único y más valioso regalo que es haber tenido el privilegio de ser su  hijo ó hija.

martes, 2 de agosto de 2022

COMO PEDIR CITA SIN INTERNET NI TELÉFONO Y NO MORIR EN EL INTENTO


 

Es una realidad que a los servicios de nuestras administraciones no  se puede acceder sin cita previa.  Y para ello se ha institucionalizado la petición de dicha cita a través de internet o llamadas de teléfono a números programados. Pero y  si se carece de internet o teléfono? , ¿qué otra opción existe?

Desde este escenario empieza mi aventura esta mañana. Acudo a la administración autonómica de hacienda para gestionar unos trámites necesarios con la  cumplimentación de los formularios diseñados para hacer efectiva mi solicitud. Me dirijo a la puerta de entrada donde se encuentra el vigilante de turno que me pregunta a dónde voy. Le indico la sección e inmediatamente saca su listado de usuarios a la vez que me pregunta si tengo cita. Le digo que no la tengo y sin dudarlo cual máquina automática me recita el protocolo: “si no tiene cita, tiene que solicitarla o por internet o a través de llamada telefónica” y a su vez me acerca un papelito con la dirección de internet y los números de teléfono a los que he de llamar.  Cuando le digo que no tengo internet ni teléfono, su cara cambia por completo mirándome como si estuviera viendo un extraterrestre. Ante esa circunstancia insólita para él, vuelve la cabeza hacia mi acompañante y le pregunta si tiene teléfono. Al contestarle que tampoco lo tiene, su rostro se transforma totalmente, pensando seguramente que no está ante un extraterrestre sino ante dos.  Se nota que no acaba de creérselo e insiste  de nuevo con la necesidad del teléfono.  De acuerdo, le digo,” pero si no tengo teléfono ¿desde dónde llamo? porque no hay cabinas telefónicas ya para hacerlo”. El joven y casi imberbe vigilante ahora siente que le hablo en chino (¿qué es eso de la cabina telefónica?,   me imagino que se está  preguntando).  Constatado, dos extraterrestres hablando a un vigilante en lenguaje de otro mundo.

Al no tener ante mis carencias respuesta por su parte y ver la insistencia de pedir cita por la mía, con la intención de dirigirme  a la sección correspondiente, consulta  a su vigilante  superior, que no da crédito a mi circunstancia  ni tiene argumentos para impedirme la entrada, ante lo cual, me indica que pase a la ventanilla de información y pida allí la cita. Pasamos, bajo las normas de la siguiente parte del protocolo, dejando carpetas, bolsos por la cinta de control de seguridad y en este caso mirándonos de forma más exhaustiva si cabe que al resto. No olvidemos que entran dos extraterrestres en el edificio.

Una  vez en el hall del edificio, sin perdernos de vista los vigilantes, acudo a la ventanilla de  información, donde el funcionario de turno, con cara de pocos amigos y ganas de acabar su jornada de trabajo, me pregunta qué deseo. Le digo que me envía el vigilante a pedir cita para la sección de hacienda. Ante esta demanda tan absurda para él, me repite el protocolo: “tiene que llamar por teléfono ó pedirlo por internet”.  Ya en mi posición de extraterrestre consolidada, le repito de nuevo que carezco de ambos servicios. Con cara de menos amigos que la del inicio de la conversación, me contesta: “pues Vd verá, pero  no le van a atender sin cita”.

Lo vi muy claro, sin plan B por parte de ninguno de los funcionarios, me dirijo a la sección de hacienda para pedir directamente la cita. Es entonces cuando corriendo se me acerca el vigilante jefe para indicarme que no puedo pasar allí.  Le digo que en información no me han dado respuesta ni cita y por eso voy a solicitarla personalmente porque no tengo otra opción. Si no me deja pasar, mi pensamiento de extraterrestre, se centra en pedirle su teléfono para llamar.  Viendo que seguía caminando hacia la sección, me dice: “de acuerdo pase, pero sin carpeta” (esto es porque no saben bien lo que los extraterrestres llevamos entre manos) . “Cómo que sin carpeta y porqué”, le digo.  “Que se las recoja su acompañante (a quien por supuesto no deja pasar)”, me dice.  Esto ya es surrealista  total.  “Mire, no voy a dejar las carpetas a nadie y voy a pasar”, le digo. “Vale, vale, pero pase usted  sola”, me indica y se queda vigilando tanto mis pasos, como los movimientos de mi acompañante.

Entro finalmente en la sección de hacienda donde me atiende el funcionario de la lista de citas, dando por hecho que llego allí con la mía. Me pide el nombre y le digo que no la tengo y que voy a pedirla. Otra vez tengo que escuchar el protocolo y de nuevo respondo de mis carencias. Sin demora  me indica que espere y se comunica con la funcionaria citadora de citas que presunta y posiblemente ha sido avisada desde  teléfono interno por el  vigilante jefe de la visita de una extraterrestre. Me atiende amablemente, pidiéndome el motivo de la cita  y tras entrar en su despacho, la formaliza, imprime y me la entrega en formato logotipado,  con el día y la hora a acudir.

Se despide diciéndome que si le doy mi correo electrónico, me mandará un email recordándomelo. “Es que no tengo internet”, le digo. Es entonces cuando veo en su cara su recuerdo de que soy extraterrestre. “No pasa nada, sin problema,”, me dice.       

Si en todo este proceso, suena un teléfono, estoy segura que me registran.

He podido comprobar cómo sin internet ni teléfono,  nos deshumanizan y convierten  en seres extraños, a los que no nos entienden, nos miran raro y por supuesto no nos creen. Es evidente que se necesitan protocolos menos informatizados y más humanos.