Me
propongo programar un viaje en coche guiada por Google
Maps a través de mi teléfono móvil. Desde el principio, su locutora, que
considero directora oficial del viaje, me atiende con una excelente dedicación.
Tras varios
kilómetros de recorrido, hago una parada en un bar de carretera para tomar un
café y visitar al señor Roca. Después de servirme, me dirijo al WC. Ya dentro,
en pleno momento de concentración, entre micción y micción, una voz emerge desde
mi bolso:
- “Dentro de 200 metros, gire a la derecha y tome la segunda rotonda a la izquierda”.
No me lo puedo creer. La amable acompañante de Google
Maps sigue dándome indicaciones como si yo estuviera en plena autopista,
ajena por completo a mi situación.
“O sea,
que tengo que girar a la derecha dentro de 200 metros… Pero vamos a ver, si le
hago caso ahora mismo, entro en un interruptus imprevisible. ¡No puedo
incorporarme todavía! .
Como no
le hago caso, empieza a pitar. Y a pitar más.
Si me levanto, pita. Si me muevo a la izquierda, pita. Si voy a la derecha pita
igual...
Salgo haciéndole
caso omiso y me dirijo a la barra para pagar mi consumición. Y la señora del Google , insiste:-“Recalculando…
Gire a la derecha y tome la segunda rotonda”.
¡Pero bueno! ¡Si
me está mandando otra vez al baño! NO, no, gracias.
Ignorándola,
me dirijo al coche para continuar el viaje, mientras me siguen acompañando sus
pitidos : “Siga a la izquierda, luego a la derecha, llegue a la
rotonda, continúe 12 km…”
Pero, ¿qué
ocurre? ¡Si solo he recorrido unos metros para ir al WC!
¿Ahora me hace dar la vuelta, a mi destino para volver a empezar mi viaje?
Se acabó. No quiero preguntar más, no sea que me obligue a dar vueltas y vueltas a rotondas y me encuentre a un
agente de policía con su alcoholímetro en busca de inexistente tasa de alcohol .
Se acabaron las rutas con Google Maps. Una
cosa es informar y acompañar y otra muy distinta entrar contigo hasta el baño ¿
Dónde está la confidencialidad y el derecho a la intimidad?








