La entrada que Inmaculada Asensio . ha
publicado en su blog bajo el título «No te rías de mí: situaciones en las
que los cuidados infantilizan a las personas mayores» me ha suscitado
un nuevo motivo de reflexión sobre la vejez y, especialmente, sobre cómo nos
relacionamos con las personas mayores a las que atendemos.
Vivir la vejez constituye, en muchos casos,
un reto de superación personal. Hacerlo en situación de dependencia supone,
además, un profundo impacto emocional. Cuando la vida ha de transcurrir en un
entorno residencial, las capacidades, las decisiones y las voluntades
personales pueden verse progresivamente condicionadas y reducidas.
La relación que los profesionales
establecemos con las personas mayores en una etapa tan limitante de la vida
como puede ser la dependencia física, asociada en ocasiones al deterioro
cognitivo, exige una gran dosis de responsabilidad, sensibilidad y compromiso
con el cuidado. Por eso, si nos acercamos a estas realidades sin individualizar
la atención, sin empatía y sin reconocer la dignidad de cada persona, podemos
acabar generando actitudes falsamente protectoras y excesivamente
paternalistas. Y actitudes que, disfrazadas de afecto o buenas intenciones, pueden
llegar a esconder comportamientos discriminatorios, edadistas e incluso
infantiles.
La ética profesional nos obliga a tomar
conciencia de nuestros comportamientos
hacia todas las personas que atendemos, y especialmente hacia nuestros mayores.
El respeto a su historia de vida, a su experiencia, a sus decisiones y a su
dignidad no es una opción: es una exigencia imprescindible.
La ética nos compromete también a ejercer
la empatía y a respetar los principios más básicos de protección de las
personas. Cuando una persona mayor nos dice «no te rías de mí», debemos ser
capaces de escuchar mucho más que un reproche. Hemos de reconocer en esas
palabras una demanda de respeto, una llamada a la no maleficencia: no me
hagas daño.
Y es precisamente ahí donde nuestra
responsabilidad profesional y nuestra deontología deben impulsarnos a dar un
paso más: aplicar el principio de beneficencia y transformar aquel «no te rías
de mí» en un «ríe conmigo». Para conseguirlo, es imprescindible sacar de
nuestra mochila profesional el kit del respeto, la compasión y la generosidad.
De lo contrario, corremos el riesgo de que nuestras intervenciones, aun estando
revestidas de cuidados, terminen convirtiéndose en una forma de maltrato
cotidiano, paternalismo y mala praxis.
Reconocer la dignidad de las personas
permite reducir el peso que la dependencia impone sobre sus vidas. Reír puede ser tan beneficioso como dañino.
Po eso cuando alguien nos diga «no te rías de mí», tendremos que detenernos y
revisar nuestras expresiones, nuestros gestos y esos falsos rictus de afecto
que pueden terminar transmitiendo lástima, pena o desánimo.






