Al hablar de los silencios, podemos hacer
muchas lecturas: del silencio interior que nos relaja, el exterior que nos
aleja del ruido, el prudente que evita conflictos, ….
Son muchos los tipos de silencio: el
prudente, el mentiroso, el cómplice, el justo, el injusto, el necesario y el
innecesario. Es en el silencio innecesario en el que me quiero detener;
concretamente, en el silencio dentro de los entornos laborales.
Dando por bueno y necesario el silencio
prudente y justo, hemos de cuestionarnos el innecesario e injusto que, con
frecuencia, manifiestan los empleados ante las indicaciones de sus jefes. Es el
silencio sometido, aquel que se manifiesta en contra de los principios
de la verdad y la dignidad, y que tiene poco que ver con el asertividad y la resiliencia.
Las causas son múltiples y complejas: miedo
a las represalias al expresar opiniones críticas, lealtades mal entendidas o el
deseo de no explicitar problemas para no «perjudicar o crear más
complicaciones». Cuando un trabajador se
siente reprimido, cuestionado e infravalorado, el silencio no es gratuito. Se
traduce en altos niveles de ansiedad, estrés y frustración, que derivan en desinterés
e ineficacia en el trabajo.
No es lo mismo sugerir que exigir,
coordinar que supervisar, ni disponer que imponer. La verdadera herramienta
frente a la imposición es la escucha activa. Desde ella se puede generar
la crítica constructiva que rompa silencios innecesarios ante indicaciones
indignas e injustas.
Toda esta realidad invita a reflexionar
sobre quien calla ante la imposición: no es lo mismo silenciarse que
reivindicarse. El silencio cómplice impide crear diálogos con libertad, sin
miedo al juicio. La desobediencia justificada ante una orden injusta, ejercida con
responsabilidad, es un derecho legítimo para proteger la ética y la profesionalidad.
El buen hacer profesional no se sostiene
sobre silencios innecesarios sino sobre la necesidad de nombrar lo que es
injusto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario