viernes, 30 de enero de 2026

SILENCIOS INNECESARIOS

Al hablar de los silencios, podemos hacer muchas lecturas: del silencio interior que nos relaja, el exterior que nos aleja del ruido, el prudente que evita conflictos, ….

Son muchos los tipos de silencio: el prudente, el mentiroso, el cómplice, el justo, el injusto, el necesario y el innecesario. Es en el silencio innecesario en el que me quiero detener; concretamente, en el silencio dentro de los entornos laborales.

Dando por bueno y necesario el silencio prudente y justo, hemos de cuestionarnos el innecesario e injusto que, con frecuencia, manifiestan los empleados ante las indicaciones de sus jefes. Es el silencio sometido, aquel que se manifiesta en contra de los principios de la verdad y la dignidad, y que tiene poco que ver con el asertividad y la resiliencia.

Las causas son múltiples y complejas: miedo a las represalias al expresar opiniones críticas, lealtades mal entendidas o el deseo de no explicitar problemas para no «perjudicar o crear más complicaciones».  Cuando un trabajador se siente reprimido, cuestionado e infravalorado, el silencio no es gratuito. Se traduce en altos niveles de ansiedad, estrés y frustración, que derivan en desinterés e ineficacia en el trabajo.

No es lo mismo sugerir que exigir, coordinar que supervisar, ni disponer que imponer. La verdadera herramienta frente a la imposición es la escucha activa. Desde ella se puede generar la crítica constructiva que rompa silencios innecesarios ante indicaciones indignas e injustas.

Toda esta realidad invita a reflexionar sobre quien calla ante la imposición: no es lo mismo silenciarse que reivindicarse. El silencio cómplice impide crear diálogos con libertad, sin miedo al juicio. La desobediencia justificada ante una orden injusta, ejercida con responsabilidad, es un derecho legítimo para proteger la ética y la profesionalidad.

El buen hacer profesional no se sostiene sobre silencios innecesarios sino sobre la necesidad de nombrar lo que es injusto.

 

 

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