Siempre se ha dicho —y mis
diferentes peluquer@s me lo han corroborado— que las peluquerías son un lugar
por donde pasan diferentes tipos de cabezas, no solo y exclusivamente asociadas
a nuestros pelos, sino también a distintas personalidades que dan rienda suelta
a diversas y variadas experiencias de vida, y a alguna que otra manía, sus TOCs declarados y sus pequeñas o grandes excentricidades cotidianas.
No es extraño, por tanto, que l@s
peluquer@s ejerzan a ratos de estilistas, a ratos de confesores, y en ocasiones
de psicólog@s exprés, haciendo uso de tijeras, peines y secadores frente a
extraordinarias demandas.
Esta tarde, en la peluquería que
frecuento he presenciado con una clienta una escena especialmente particular.
—Mary, pasamos al lavabo —le dice la peluquera.
Mary se levanta, apoyada en una muleta, y responde con
absoluta tranquilidad:
—Sí, sí, que hace dos meses que no me lavo la
cabeza.
En ese momento, la peluquería queda
en silencio; hasta los secadores parecen dejar de sonar.
—Pues ya me lo podías haber dicho antes, para
ponerme el EPI —le contesta, en tono jocoso, la peluquera que la atiende
habitualmente.
Mary, imperturbable, añade:
—Ya me decía mi hija que me la tenía que lavar,
pero no me podía agachar y en casa no tengo los útiles que tenéis aquí para
hacerlo —responde, justificando la falta de atención a su pelo.
Finalizada la parte del lavado, llega
al corte de pelo. Para ello, le pide a su peluquera que le proporcione la
última revista del corazón donde sale la Preysler, para que se lo corte igual
que lo tiene ella. No aparece. No importa. Sigue buscando. Inicia el recorrido
visual fijándose en otras famosas que lo llevan a su gusto y va señalando cada
una de ellas.
-Este… no. Este sí… pero más corto. Bueno, mejor
como este otro… pero con flequillo.
La peluquera comienza a cortar despacio, poco a poco,
con precaución, intuyendo lo que su clienta no quiere y dudando de lo que
quiere. De repente, Mary ve otra
fotografía y dice:
—Ahora, mejor córtame el flequillo como este.
Cambio de planes. La peluquera deja el capeado que
estaba haciendo y se centra en ese flequillo que obsesiona a la clienta.
—Bueno, a ver qué me hacéis y que no sea una
desgracia —dictamina Mary, en su alegato final
La peluquera remata su trabajo diciéndole:
—Tranquila que este corte está garantizado. Después
de dos meses de resistencia, tu pelo ya ha demostrado gran personalidad. Lo vamos a diseñar a largo plazo.
Desde mi espejo, llevo todo el
tiempo observando la escena, sin poder contener mi sorpresa y admiración ante
la paciencia de las peluqueras y el uso de sus particulares terapias.
Una de ellas se acerca y me susurra:
—Esto es habitual con Mary. Ya la conocemos desde
hace mucho tiempo y hoy tiene el día bueno….
Mi sonrisa se convierte en una
amplia risa compartida.
Pago mi sesión, y antes de irme les deseo suerte para la
traca final de peinado con secador, alisador y lo que haga falta.
Impagables estas sesiones de
peluquería…

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