Cuando inicié este
blog, allá por el 2010 con este título, me permití la licencia de cambiar la
famosa frase de René Descartes, “Pienso luego existo” para incidiendo en la
idea del pensamiento insistente, acuñar la mía particular: “Pienso luego
insisto”.
Recuerdo que no es
mi intención filosofar sobre la célebre sentencia cartesana, Mas bien me inclino
por dirigir una mirada a la realidad cotidiana, por pensar e insistir sobre lo
que oigo y veo, aunque en muchas ocasiones haya estado tentada en desistir.
Pero como la desidia no es precisamente lo que me caracteriza, pasados estos
años, persisto en mi insistencia.
Y vuelvo a
reflexionar sobre ello, al leer recientemente otra frase alusiva que decía: “Hay
gente que no piensa, pero existe”. Sin entrar a hacer disquisiciones al
respecto, ni tampoco trivializar, inmediatamente he visualizado a esas personas
con las que a menudo nos cruzamos ó cuya presencia compartimos ocasionalmente y
que sin decir nada, se convierten en advenedizos de una presencia y existencia
que sin aportar prácticamente nada, pretenden dejar constancia de sí mismos. Se
apropian de espacios que no tienen intención alguna de abandonar. Son los
calienta sillas, los bien mandados y por ende bien callados pagando favores
eternos.
Estos personajes no
necesitan pensar porque siempre hay quien lo haga por ellos, pero si necesitan
existir porque sin ellos, quienes los mantienen dejarían de hacerlo y pasarían a
convertirse en los bien mandados de otros.
El pensamiento como
bien decía Descartes justifica la existencia. Las personas que existen sin
pensar nunca tendrán dilemas, ni ejercerán discernimiento alguno. Serán simple
ejecutores de consignas y ecos de algoritmos programados.
Aquí me quedo
observando a los inexistentes porque tarde o temprano les pedirán dar señales
de vida. Y seguro que lo harán, no por iniciativa propia sino porque así
funcionan las obediencias debidas y la disciplina de los bien mandados.
