No cabe duda que de indignados es uno de los temas de los que más se habla y escribe en los últimos meses.
La indignación ha expresado desde sus inicios malestar y reprobación hacia un sistema político, económico y social quebrado por los intereses desorbitados de los mercados bursátiles y financieros y la incompetencia de unos dirigentes políticos que han mirado más hacia su “frente” que a la de los ciudadanos. Esa indignación de los inicios se ha ido transformando con manifestaciones envueltas en mayores dosis de enfado enojo e irritación. Es así como los acontecimientos de las últimas semanas nos han mostrado:
Ø Laicos indignados con los jóvenes católicos que han aclamado la visita del Papa a España financiada en parte con fondos públicos.
Ø Jóvenes católicos indignados con los laicos que se indignaron con ellos.
Ø Dirigentes políticos de vacaciones indignados con los que programaban las últimas medidas anticrisis.
Ø Dirigentes políticos, sin vacaciones, indignados con los que estando de vacaciones y “sin trabajar” se permiten enjuiciar sus acciones.
Ø Indignados contra la reforma de la constitución sin referéndum acordada por las mayorías políticas.
Ø Dirigentes políticos y sociales minoritarios indignados con los que han acometido este referéndum “sin contar con ellos”.
Ø Indignados con los indignados que reivindican cambios de explotaciones económicas lesivas al medio ambiente amenazando con ello la estabilidad de sus puestos de trabajo.
Ante este cúmulo y variedad de indignaciones cabe preguntarse si el ciudadano que aún no se haya iniciado en esta aventura de la indignación tan en boga, le quedarán ganas de hacerlo o por el contrario desmantelará el campamento que aún no ha montado, recogerá las pancartas que tenía por colgar y borrará los eslóganes de su resistencia para retirarse a otras batallas de indignación sin confrontaciones.
Lo que es evidente es que esta indignación necesita más cordura porque si la irritación hacia las malas gestiones la resolvemos con otra mala gestión precisamente de esta indignación estaremos todos derivando y divagando en el mismo barco encallado convirtiéndonos así en un nuevo Titanic hundido en el desatino y la sin razón.
Lo que es evidente es que esta indignación necesita más cordura porque si la irritación hacia las malas gestiones la resolvemos con otra mala gestión precisamente de esta indignación estaremos todos derivando y divagando en el mismo barco encallado convirtiéndonos así en un nuevo Titanic hundido en el desatino y la sin razón.